LA VIDA EN COLOMBIA CUANDO LOS ABUELOS ERAN JÓVENES UNA HISTORIA DE VIDA, UNA HISTORIA DE SUPERACIÓN


Mi abuelo se llama Pedro Pablo Rodríguez Fajardo, nació el 16 de agosto de 1934, quise contar su historia de vida porque realmente para mí, en pleno siglo XXI, él ha sido un claro ejemplo de superación en todos los sentidos.

Mi abuelito creció en el campo, desde muy pequeño recuerda que su infancia era el trabajo de la tierra, sus juguetes eran carritos de palo y latas que él mismo hacía. Cuando su papá no estaba cerca podía tomar un poco de tiempo para correr y jugar con sus hermanos. En su época de niño, además de trabajar, también iba a la escuela. Él estudiaba y trabajaba; a las cinco de la mañana tenía que ir a revisar el ganado, ordeñaba las vacas y miraba que los cultivos estuvieran bien. Lo que más sentía era que sus pies se dormían por el rocío y por el frío de esas horas, porque en esos primeros años no conoció los zapatos sino para ir a la escuela, bueno las alpargatas, que eran una especie de zapatos elaborados en fique. Después de la labor encomendada, llegaba a la casa desayunaba, casi siempre agua de panela y un pedazo de pan. Luego se iba a la escuela. Él estudió con las Hermanas Vicentinas. La jornada escolar empezaba a las seis de la mañana hasta las doce del medio día y luego desde la una de la tarde hasta las cinco. Cuando llegaba a la casa, comía algo y se iba a la recolección de papa y arrear el ganado.

Su padre se llamaba José Agustín Rodríguez, mi bisabuelo. Él nació en Guasca, Cundinamarca; fue policía y el gobierno colombiano le otorgó una medalla al valor y al servicio que prestó durante años. Él murió en 1982. Mi bisabuela se llamaba María Angelina Fajardo de Rodríguez, ella nació en Santa Rosa de Viterbo, Boyacá. Mis bisabuelos tuvieron cuatro hijos y mi abuelito fue el segundo en nacer. Mis tíos abuelos se llaman Gladys Rodríguez, Agustín Rodríguez, quien falleció el año pasado, mi abuelito Pedro Pablo y mi tía Numa Rodríguez.

Cuenta mi abuelo que la infancia y la juventud de la mayoría de los niños del campo se centraba en el trabajo cotidiano, arduas horas de caminata entre los bosques, bajo la lluvia o bajo el sol, horas también de hambre, de tristeza, de golpizas con rejo cuando se cometía alguna picardía. Recuerda mi abuelito que una vez se comió unos huevos porque tenía mucha hambre y esos huevos eran para venderlos, cuando su papá preguntó quien se los había comido mi abuelito respondió que él había sido entonces su papá se quitó el cinturón que era de cuero de vaca y lo azotó tanto que el se desmayo de los golpes que recibió ese día. Así como lo ocurrido parecía que los niños se acostumbraban a los maltratos de sus padres. En otra oportunidad por coger tres centavos (esa era la moneda con la cual se podía comprar una mogolla y un cuarto de panela en el recreo), su papá lo golpeo y lo arrojó a una alberca si no fue por una vecina él se habría muerto ahogado.

En una situación de vida tan dura, mi abuelito pensó varias veces en escaparse de su casa, pero su deseo era poder estudiar para algún día independizarse y ganar el mismo su propio sustento y el de sus hermanitos. De manera que mi abuelito nunca dejó que sus esperanzas de mejorar su vida pudieran cambiar por la adversidad de la vida que hasta el momento le había tocado vivir.

Cuando mis bisabuelos emigraron hacia la ciudad, consiguieron un rancho con un terreno para seguir cultivando y manteniendo algunas vacas. En su juventud mi abuelo dejo de estudiar por un tiempo y comenzó a trabajar como mensajero en el Pasaje Hernández, en pleno el centro de Bogotá. Allí conoció el tranvía, que era el medio de transporte de los bogotanos de gabardina, sombrero y sombrilla. Era una Bogotá gris, de ruido, de comercio, de trajes elegantes, de vestidos oscuros y de misa a las cinco de la mañana.

Cuando los Ferrocarriles Nacionales de Colombia dieron la noticia que estaban recibiendo empleados él se presentó y quedó como aseador. Esa fue una oportunidad de oro para él. De manera que desde ese humilde puesto comenzó a interesarse por los oficios que desempeñaban otras personas en los talleres de los ferrocarriles. Cuando terminaba su jornada, se quedaba un rato más acompañando a los trabajadores y así aprendió a taladrar. Cuando el jefe de esa sección lo vio un día frente al taladro y observó que lo hacía muy bien lo nombro como taladrador. Así que dejó la escoba y el recogedor para pasar a los talleres. Estando en los talleres se propuso hacer su bachillerato en las noches y luego de varios años de estudio, trabajo y mucho sacrificio lo logró.

Como era bachiller lo ubicaron en las oficinas administrativas de la empresa. Como en Colombia comenzaban a llegar los primeros computadores que eran unas máquinas grandísimas, a las cuales se le colocaban unas tarjetas como de cartulina con números entonces el computador de esa época la perforaba y desde esas perforaciones se hacían las lecturas, mi abuelito muy inquieto y fascinado con esos aparatos tan sofisticados vio la oportunidad de estudiar esa nueva tecnología y se presentó a la IBM y alli hizo un curso de tabulación y programación de Sistemas. Así fue como luego de más de veinte años de trabajo se jubiló y ahora vive de su pensión, que en últimas es como la remuneración a sus esfuerzos de tantos años y al sueño de querer superar su condición de pobreza.

Hoy mi abuelito es feliz, tiene cuatro hijos, mis tíos que a diferencia de él si lograron estudiar, pudieron ir a la universidad, se graduaron y hoy trabajan y tienen sus propias familias. Mi abuelita, María Cristina, siempre ha estado junto a él, en todos los momentos de su vida, y no sólo junto a él sino alrededor de todos nosotros, ella ha sido fundamental en nuestras vidas

Mis abuelitos son como una fuente de sabiduría, me han enseñado a ser un buen niño y ahora a ser un hombre íntegro con su ejemplo; hoy me siento muy comprometido con ellos y con su esfuerzo por ayudarme a crecer, a ver la vida de otras maneras, a valorar el trabajo de mis padres, a querer mi país, a querer superarme cada día más. Gracias a la experiencia de la vida de ellos he aprendido a reconocerme a mi mismo, y que bueno que esta sea una oportunidad para decirle a mis compañeros de clase que los abuelos no son un estorbo, son por el contrario los sabedores del mundo, los sabedores de la existencia, los constructores de mis sueños, son la ilusión cuando me miran, ya no cuando era pequeño cuando inclinaban sus ojos hacia abajo, sino ahora cuando levantan su rostro y me abrazan sintiendo que he crecido que también soy su esperanza, soy sus sueños y su verdad.

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